Esperanza para las mujeres

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Mientras el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer, y las mujeres alrededor del planeta luchan por la igualdad, Yemen se encuentra entre los puestos más bajos de los índices de Desigualdad de Género y Brecha de Género del Foro Económico Mundial. En 2017, Yemen figuraba como el peor lugar del mundo para ser mujer.

Las desigualdades han sido reconocidas durante mucho tiempo como barreras para las mujeres y niñas yemeníes, pero desde hace casi 5 años, Yemen se encuentra en un conflicto violento que ha exacerbado su situación. Ahora se ven obligadas a soportar la carga del desplazamiento, el hambre, los sistemas educativos discontinuados, la escasez de trabajo, la inseguridad económica y la escasez o falta de agua, electricidad y saneamiento. Y a menudo se las excluye de cualquier proceso de toma de decisiones dentro de sus comunidades y se las deja sin voz ni representación.

Más vulnerables a la violencia y las privaciones.

Cero Esperanza, el desplazamiento interno masivo las ha dejado más vulnerables a la violencia y las privaciones. Representan más de la mitad de las 3,5 millones de personas que ahora están en continuo en movimiento en busca de seguridad y refugio, y más de una cuarta parte de ellas son menores de 18 años.

Samiah, una madre soltera de dos hijos, se vio obligada a huir de su casa cuando estalló el conflicto en la ciudad portuaria occidental de Hodeidah. Por primera vez, y en contra de su voluntad, su pequeña familia estaba sola, sin un sistema de apoyo. “Quiero que la guerra termine. Quiero poder vivir de manera segura con mis hijos”, dice entre lágrimas.

La mayoría de las yemeníes quieren lo mismo que Samiah: un futuro diferente para ellas y sus familias, uno que sea seguro y justo.

“Nos acostábamos con hambre muchas noches, no había suficiente comida para comer. Hubo momentos en que les dije a mis hijos que no tenía hambre, para que la comida que pusiera en la mesa fuese suficiente para ellos”, dice Samiah.

Antes del conflicto, la familia de Samiah había pescado durante generaciones en el mar, permitiéndoles alimentarse, así como administrar un pequeño puesto en el mercado. Pero “Todo cambió después de que estalló la guerra. El conflicto estaba en todas partes, no había un lugar seguro, ni siquiera el mar. Mi familia no podía pescar, no teníamos otra forma de ganar dinero y generar esperanza»

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